En los últimos años, ha aumentado la preocupación por los efectos negativos que la inactividad física tiene sobre la salud de todos los miembros de la sociedad, principalmente en la población infantil, adquiriendo niveles que empiezan a ser preocupantes.
La aparición de las nuevas tecnologías, los cambios en la alimentación, el uso del transporte, en definitiva, el cambio en los hábitos de vida de los escolares, ha traído consigo un incremento de diversas patologías que afectan a su salud física y psicosocial, tales como sobrepeso, obesidad, enfermedades cardiovasculares, estrés o ansiedad.
Ante esta situación, la infancia constituye una etapa valiosa para establecer y fomentar hábitos de vida beneficiosos, pues en este periodo es más fácil transmitir conceptos y prácticas saludables en los niños. Tanto es así, que todo cambio hacia una sociedad más activa pasa por centrar los esfuerzos en la educación de nuestros escolares, los cuales pueden y deben ser los protagonistas de una transformación que no se limitaría a prevenir el sedentarismo sino que aspiraría a aumentar el bienestar de la población.
Profesionales de distintos ámbitos (médicos, profesores, educadores físicos y sociales) han planteado la promoción de la actividad física y el deporte con el objetivo de combatir hábitos de vida sedentarios. Concretamente, Cervelló (2012) considera que la actividad física, además de ser una vía hacia la mejora de la condición física, puede ser indicador útil para prevenir ciertas enfermedades. Paralelamente, estudios recientes han mostrado que los problemas de mortalidad y morbilidad asociados a la obesidad se reducen drásticamente cuando se incrementa los niveles de actividad física y paralelamente se mejoran los indicadores de condición física. Por su parte, Castillo, Ortega y Ruiz (2005), ven en el nivel de condición física una variable determinante de longevidad.
Ello, sin mencionar ?todavía? los beneficios psicológicos que se pueden conseguir con la pr